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Dentro de la logia


Qué hay detrás de esa puerta cerrada

La logia, contada para quien nunca ha cruzado el umbral

Todos hemos visto esa puerta. La de un edificio discreto, sin cartel, con un símbolo pequeño junto al timbre que la mayoría ni se para a mirar. Y todos, en algún momento, nos hemos preguntado qué hay al otro lado.

No hay nada que temer. Tampoco nada de lo que las películas prometen: ni juramentos de sangre, ni conspiraciones para gobernar el mundo desde un sótano. Lo que hay es, sobre todo, una sala de trabajo.

La llamamos templo, y no por capricho: es un espacio pensado para detenerse. Dos columnas flanquean la entrada, las mismas que ya sostenían el templo de Salomón en el relato bíblico, como recordatorio de que fuerza y estabilidad solo sirven de algo cuando van juntas. Al fondo, el oriente, donde preside quien dirige la sesión. Sobre la mesa central, una escuadra y un compás: instrumentos de constructor, símbolos de una idea muy simple: hay que medir antes de actuar, y trazar antes de construir.

Lo que ocurre ahí dentro se llama tenida. Una reunión con su ritmo propio: se abre el trabajo, se lee, se debate, alguien expone una reflexión que ha preparado durante semanas sobre un tema (filosofía, historia, ética, lo que sea que le inquiete) y los demás responden, cuestionan, aportan. Nadie interrumpe. Nadie impone su opinión por gritar más alto o tener más cargo fuera de esas paredes. Ahí dentro, el abogado y el albañil se sientan en el mismo grado si llevan el mismo tiempo en la logia.

Eso, precisamente, es lo que más sorprende a quien entra por primera vez: el silencio se respeta como si fuera otro miembro más. Y la discreción que tanto misterio genera desde fuera no protege ningún secreto oscuro; protege, simplemente, la libertad de pensar en voz alta.

¿Y qué se busca ahí dentro? Una palabra que a los masones les gusta repetir: pulir. Como se pule la piedra bruta hasta darle forma, cada uno trabaja sobre sí mismo. No hay dogma que seguir ni verdad que aceptar sin más: hay preguntas que se comparten, y el compromiso de seguir haciéndoselas toda la vida.

Puede que nunca cruces esa puerta. Pero si alguna vez lo haces, no busques secretos. Busca, simplemente, gente reunida a la luz de unas velas, discutiendo sobre lo de siempre: quiénes somos y cómo deberíamos vivir.


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