Vivimos en una época que premia la velocidad. La opinión inmediata, el juicio sin reflexión, la respuesta antes de que el otro termine de hablar.
Y sin embargo, una de las primeras enseñanzas que encuentra quien se acerca a la tradición masónica es, paradójicamente, el valor del silencio.
No el silencio de quien no tiene nada que decir. Sino el de quien ha aprendido que escuchar es una forma de respeto. Que la palabra pesa. Que antes de hablar, conviene pensar. Y antes de pensar, conviene observar.
Callar no es rendirse
Hay una confusión muy extendida entre el silencio y la pasividad. Se asocia callar con falta de criterio, con miedo, con sumisión.
La tradición que inspira a mujeres y hombres como Mariana Pineda nos enseña lo contrario. Ella no murió callada. Murió habiendo elegido cuándo hablar y por qué. Esa distinción lo cambia todo.
El silencio consciente no es vacío. Es el espacio donde se forman las convicciones verdaderas, las que no dependen de la aprobación ajena.
¿Qué significa esto hoy?
En un mundo saturado de ruido digital, cultivar el silencio interior es casi un acto subversivo.
Significa resistirse a opinar de todo. A reaccionar por impulso. A construir identidad a base de likes.
Significa, en cambio, preguntarse: ¿Esto que voy a decir, lo pienso de verdad? ¿O simplemente lo repito?
Una pregunta para llevarte
La masonería no da respuestas. Da herramientas para hacerse mejores preguntas.
Esta semana, la nuestra es sencilla:
¿Cuándo fue la última vez que guardaste silencio no por cobardía, sino por convicción?
Logia Mariana Pineda — Pensamiento libre, construcción constante.
Comentarios
Publicar un comentario